Rosa Maria Reeder

EL LUGAR DONDE DIOS GUARDA LO QUE NADIE VE

EL LUGAR DONDE DIOS GUARDA LO QUE NADIE VE

I. LO QUE NADIE MIRA

Hay cosas que suceden
sin que el mundo se dé cuenta.

Una mano deja un vaso de agua
junto a una cama
y se marcha.

Nadie la aplaude.

Una mujer recoge la tristeza de otra
y la guarda entre sus manos
como quien protege una llama
del viento.

Nadie lo escribe.

Alguien pronuncia en silencio
el nombre de quien lo hirió
y, en lugar de devolverle la herida,
lo perdona.

Nadie lo sabe.

También existen lágrimas
que caen sin ruido,

panes que se parten
en dos mitades desiguales
porque alguien decidió
quedarse con menos,

puertas que se cierran despacio
para no despertar a quien duerme,

y palabras que nunca fueron dichas
porque alguien comprendió
que a veces callar
también puede ser una forma de amor.

Nadie cuenta esas cosas.

Hemos aprendido a medir una vida
por sus victorias,

por los nombres que consigue,
por las puertas que abre,
por la cantidad de veces
que el mundo pronuncia su nombre.

Pero nadie cuenta
las veces que alguien sostuvo a otro
cuando estaba a punto de caer.

Nadie cuenta
las noches en que una madre
permaneció despierta
para que su hijo pudiera dormir.

Nadie cuenta
al que devolvió lo que encontró,

al que pudo herir
y eligió detenerse,

al que perdonó
sin recibir disculpas.

Nadie cuenta
la pequeña bondad
que salvó un día entero.

Y, sin embargo,

quizá la vida no se sostenga
sobre las grandes hazañas
que recuerdan los libros,

sino sobre esas pequeñas cosas
que desaparecen de nuestros ojos
apenas suceden.

Como el perfume de una flor
después de que alguien
ha pasado junto a ella.

Como una oración
que nadie escuchó.

Como una vela
que se consume en una habitación vacía
sin saber que, mientras muere,
está venciendo a la oscuridad.

Quizá nada de lo verdaderamente importante
hace ruido.

Quizá lo esencial
siempre ocurre en secreto.

Y quizá,
cuando llegue la hora
en que todas las voces callen,

cuando ya no importen
los títulos,
las riquezas,
las fotografías
ni los nombres grabados en piedra,

alguien abrirá
un libro que jamás vimos.

Y allí estarán:

la mano que ayudó,

el perdón que costó,

el pan compartido,

la lágrima escondida,

la palabra que consoló,

la espera que nadie agradeció,

el amor que permaneció
cuando todos se fueron.

Entonces comprenderemos
que nada de aquello
había desaparecido.

Solo había sido guardado
en un lugar
al que nuestros ojos
nunca tuvieron acceso.

Rosa María Reeder

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