La silla vacía
me mira,
me llama en silencio.
Sueña con llenarse
de mi descanso.
No le hago caso,
ando preocupada
por los benditos
quehaceres.
Pasaron los días
y en silencio, espera.
La cubrieron de cosas
y entonces sí la miré:
quise volver a ella.
Un día, la limpié
y por fin me senté.
Respiré hondo,
solté un suspiro largo.
Ella, sin decir ni pedir nada,
en un sagrado silencio
me sostiene.
Y yo
escucho
los ecos
de descansos pasados.