Ha vuelto la sensación del poema atorado en el pecho,
de un grito sordo,
de una voz que no habla.
La necesidad de gritar,
pero sin decir nada concreto.
Ha vuelto porque ya conozco esta sensación
de buscar lo que nunca se encuentra,
lo que no está para ser hallado.
Llamo a Dios y me escucha,
pero no le digo nada.
Dios es quietud y silencio,
grandeza y misterio.
Y aquí habitamos confundidos,
preguntándonos porque el corazón del hombre parece tan podrido,
y por qué los que hacen el mal están tan seguros de hacer el bien.
Ciegos estamos todos,
por miles de años
y a veces creo que la ceguera no cesará.