Estaba allí, bajo la luz de la luna que inundaba el valle con su pálido resplandor. Observaba, a través del verde y tupido ramaje, el manso fluir de las aguas del río: un río de montaña, gélido y cristalino.
La fría corriente acariciaba las nudosas raíces que asomaban bajo la húmeda tierra de su ribera, cubiertas por el aterciopelado musgo fresco. Un musgo color esmeralda, brillante y vistoso.
La brisa nocturna, suave y perfumada con aromas de tierra, peinaba con dulzura sus hojas ovaladas y los frágiles retoños de madera que brotaban de su grueso tronco. Un tronco imponente, cubierto de una corteza rugosa y agrietada, testigo mudo de innumerables estaciones.
Los rayos lunares, filtrándose entre las ramas, dibujaban intrincadas líneas argénteas sobre su densa copa. Una copa majestuosa, que se alzaba hacia el cielo intentando alcanzar la gloria.
Porque él, el viejo Olmo, estaba allí. Firme e inmutable. Como un guardián estático viendo pasar los siglos bajo el claro de luna...
Pero la luz de un nuevo amanecer trajo consigo un peligro inminente. Aquel día, entre la espesa red de hojas frescas, se entreveía un retazo de cielo en la distancia, de un ominoso color rojizo fluctuante. Aquella intensa tonalidad encarnada que teñía el horizonte traía a su memoria arbórea y ancestral reminiscencias en forma de vibraciones de angustia y dolor.
El aire incrementaba esas sensaciones, portando una carga de humo denso que transmutaba el oxígeno en algo irrespirable, al pasar, invisible y veloz, por su espeso follaje. Un miedo instintivo lo sacudió desde la punta de sus más recientes vástagos hasta el nudo de raíces primigenias, sepultadas en las entrañas de la tierra.
El olor acre y amaderado de los bosques arrasados por el fuego, el sonido lejano del crepitar de troncos viejos devorados por las llamas, el progresivo aumento de oleadas de calor.... Todo ello lo llenaron de terror y desesperación.
El fuego avanzaba implacable, consumiendo todo a su paso, acercándose inexorable, cerniéndose amenazante sobre él y su pequeño y apacible rincón en el mundo. Impotente, vio cómo su hermoso hábitat sucumbía irremediablemente bajo las zarpas incandescentes del monstruo cárdeno que corría a su encuentro, acorralándolo por todos sus frentes. Asfixiando su leñoso corazón con su hedor humeante. Lanzando bocanadas de flamígero aliento sobre su coraza de madera. Reflejando sus sanguinolentas fauces sobre la superficie pulida del cauce del río.
Y el río, valiente y aguerrido, se alzó en su defensa. Sus bravías aguas lucharon con denuedo contra su fogoso atacante, evitando que el abrasador enemigo cruzara las líneas amigas.
Gracias a la impetuosa corriente —su héroe por siempre— el Olmo, milagrosamente ,pudo salvarse. Tan solo pequeñas ramitas y las hojas más expuestas perecieron carbonizadas.
Y aquella noche, bajo el claro de luna, continuó allí. Imbatible. Contemplando el valle calcinado a través del entramado de sus ramificaciones, sereno y esperanzado en la renovación que traerían consigo los ciclos naturales .
El viejo Olmo estaba allí.
Y allí seguiría, como centinela inamovible del mundo y del transcurrir de las eras.
Bajo el fulgor del sol.
O...bajo la luz de la luna.