Leoness

El panóptico de seda cuántica

Tus hombros son dos órbitas de mercurio en suspenso,

un escaparate de vidrio caliente

donde se exhiben maniquíes de neón y algoritmos encendidos.

 

Entre la certeza del engranaje subatómico y la tentación del terciopelo,

colapsas las leyes de la física con un gesto de luz ultravioleta.

 

Siempre miras.

 

Pupilas de cristal parpadean en los pliegues del aire,

dictando consejos esculpidos en fibra óptica y violín.

 

Acepto el mapa, el timón, la precisión de tu abrigo,

pero en la penumbra de mi mente

siento una aguja de plata atravesando el telón de mi intimidad,

un radar silencioso dibujando el relieve de mis secretos.

 

Y sin embargo,

cuando la noche disuelve la gravedad de la oficina

y te enredas en el compás de nuestro baile,

el cálculo se vuelve pulso.

 

Hay un afecto eléctrico en la yema de tus dedos,

una corriente sensual de escaparate encendido

que enciende mi sangre con chispas de estaño.

 

Me rodeas, me descifras, me demuestras tu afecto,

y en esa danza de campos magnéticos

se apagan una a una las luces de mi razón,

dejándome a ciegas, anulado,

suspendido en el hermoso abismo de tu arquitectura.



¡A esa compañera del futuro que nos subyugará, sin pasión ni compasión!