Antonio Portillo

Poda de luz


​Bajo la lluvia leve de la tarde,
las cosas no terminan: se desfilan.
No hay un hacha central que corte el tiempo,
solo esta erosión suave,
esta lija de horas que le quita el filo a las espadas.
​Cerrar el puño sobre un clavo vivo.
Un cuerpo no soporta el peso intacto
del primer grito, el primer incendio,
la quemadura exacta de aquel nombre.
​El cerebro —sabio animal ciego—
enciende una hoguera lenta en la trastienda:
quema los mapas que ya no sirven,
borra los rostros para que quepan los paisajes.
​Olvidar no es perder la casa;
es barrer el polvo de la ceniza antigua
para poder apoyar la frente en la ventana
y ver caer la luz sobre la nada limpia.

Antonio Portillo Spinola ©