Hablé con las hojas muertas,
escuché la sabiduría de los árboles,
viajé por el mundo
para huir de mis pensamientos
garabateé páginas con trazos desordenados
solo para imaginar cómo sería
el cuerpo de la mujer que estaba buscando,
entraba en las tabernas,
rehuía conversaciones banales,
solo quería beber y observar,
encontrarme con miradas cómplices
pero todas estaban ya inyectadas de alcohol,
seguí mi camino por callejuelas
de barrios poco recomendables,
en busca de la mujer para toda la vida,
vagaba entre calles cada más oscuras
escuchando, de vez en cuando,
gritos de peleas conyugales,
esquivando jeringuillas,
y vidrios de botellas rotas,
insinuaciones de viejas prostitutas.
Solo buscaba la mujer para toda la vida,
y, quizá, para encontrarla,
tendría de ahogarme en la mar.