El viento recorría cada parte de mi cuerpo; se me erizaba la piel tan solo de pensar que esto que siento podría ser tu aliento.
Mi vista cada día se vuelve más obsoleta. Cada día que pasa veo un poco menos, pero trato de sentir un poco más. Cada escrito me hace traerte de vuelta por unos minutos, por lo menos.
A veces daría lo que fuera para que no fueras solo un recuerdo, para que este beso que me dan las nubes tuviera un poco más de consistencia y, al abrazarte, no solo desaparecieras; te quedaras conmigo, como solías hacerlo antes.
Ojalá fueras real y no otro pensamiento que me hace aferrarme a algo que ya no está, que difícilmente volverá: una vida que terminó hace tiempo, un amor que murió, la triste historia de un poeta que se apagó, el fuego de un corazón que se extinguió.
Ojalá alguien me hubiera advertido lo difícil que es olvidar a una persona que se amó. Ojalá la memoria funcionara de otra manera, que hubiera un switch especial que, al mínimo contacto, pudiera borrar esta vieja herida que, por más que pasa el tiempo, no quiere sanar.
El café de las tardes me hace recordar cuando probaba de tus labios el amargo beso de un adiós que todavía no podías expresar.
¿Hace cuánto tiempo te cansaste de estar en tu hogar?
No sé si fue la monotonía lo que te hizo querer saltar, el aburrimiento o un montón de penas que nunca me quisiste contar.
Yo solo veía cómo vaciabas botellas, tratando de llenar aquel vacío que yo, ni con todo mi amor, nunca pude llenar.
Traté de llenarte con palabras de amor, regalos que salían desde lo más profundo de mi corazón; palabras de afirmación que, en su momento, por tu reacción, creí que estaban surtiendo efecto en lo más profundo de tu corazón.
Nunca existió una sonrisa tan sincera como la de aquel día, cuando perdiste tu vida; cuando aquella mañana me dijiste al oído que por fin habías vencido toda la tristeza y, a partir de ese momento, vivirías de la mejor forma que pudieras encontrar.
Nunca creí que fueras capaz de saltar. En mi mente, créeme, nunca se me pasó la idea de que ese día tuvieras el valor suficiente para acabar con todo en nuestro viejo lugar.
No sé por qué nunca pude darme cuenta de que la depresión te acogió en su rebozo y te llevó de la mano al suicidio.
Ahora solo puedo escribir, tratando de llenar este vacío que dejaste en mí.
Ahora comprendo por qué las botellas, por más que fueran, nunca eran suficientes.
Hoy, de nuevo, pensaré en saltar. No sé si tan solo será de mi cama o de aquel balcón donde fuiste tú y acabaste con nuestro hogar.