Bosque de Cenizas

El cuadernillo

Aún conservo aquel cuadernillo de poesías y de todo aquello que no me atrevía a decir en voz alta. En sus páginas recitaba, con todo el cariño que cabía en mí, lo que sentía por ti. También escribía sobre mi vida, imaginando que, de alguna manera, la estaba viviendo a tu lado.

Ese cuaderno guardó mis primeros sentimientos. Desde tercero llenaba sus hojas con letras torpes, con ideas ingenuas y, de vez en cuando, con esos brillantes aportes que nacían cuando el maestro nos pedía escribir un reporte. Sin darme cuenta, entre tareas y poemas, fui dejando allí pedazos de quien era.

Con el tiempo quedó cubierto de polvo, de olvido, de humedad. Arrinconado. Exactamente como me sentí cuando me enamoré, cuando me utilizaron y luego me desecharon como un viejo trapo de cocina que alguna vez fue una hermosa prenda. Como me sentí cuando algunas amistades decidieron dejarme atrás.

Pero ese no es el verdadero punto.

Antes de que la vida se volviera tan virtual, casi todos teníamos un cuaderno así: un refugio donde el corazón escribía antes de aprender a esconderse. Incluso el poeta más brillante se equivocó alguna vez en los versos que dictaba su alma, porque los sentimientos, como las estaciones, también cambian.

Abrí el mío esperando encontrar tinta.

Y encontré a un corazón.

Uno tan inocente que apenas reconocí su caligrafía. Lo miré durante un largo rato y no pude evitar preguntarme:

¿En qué momento dejó de escribir con luz y aprendió a hacerlo con sombras?