CENIZAS DE UN SUSURRO.

FIEBRE LÍMBICA

Un pantallazo azul a las tres de la mañana no debería sentirse como un calambre en los muslos,

pero la neurología se equivoca:

tú no estás a mil kilómetros de distancia,

estás incrustado en el centro de mi sistema límbico inyectándome dopamina pura a través del cristal.

Qué vulgar la biología,

qué hermosa la adicción.

Tus mensajes son disparos de C_9 H_11 NO_2

pequeñas descargas eléctricas que inundan las sinapsis

mientras la batería del teléfono se muere al 3%

y yo me muero por apretarte la cintura.

Eres la droga más cara y barata del mercado:

un «escribiendo...» que me acelera el pulso,

una nota de voz que me provoca un temblor en la ingle,

el huso horario escupiéndonos en la cara

mientras yo cuento los minutos como un yonqui en abstinencia.

Mira qué antipoética es la distancia:

dos cuerpos llenos de saliva sin destino,

dos pantallas manchadas con la grasa de las huellas dactilares,

un Wi-Fi inestable que se cae

justo cuando me dices lo que me harías al llegar a la cama.

Pero qué poema tan feroz es el deseo.

Tengo la piel hambrienta de tu gravedad.

Me estoy intoxicando con la idea de tu boca,

con esa recompensa aplazada que el cerebro no entiende

y que vuelve el hambre una forma de arte.

Te respiro en el brillo del display,

siento el calor del procesador quemándome la palma

como si fuera la fiebre de tu cuello.

Amarte de lejos no es romántico:

es un desajuste químico,

un cortocircuito sensual donde la gana no se apaga,

se acumula,

se concentra hasta volverse peligrosa,

y vuelve a estallar cada vez que suena la notificación.

Dame más.

Mándame otro texto que me desordene la sangre,

otra foto que me deje sin aliento,

otra dosis de esta tortura perfecta.

No me pidas cordura ni paciencia:

prefiero mil veces seguir ardiendo en esta trampa

hasta que la pantalla se rompa

o por fin me consumas en persona.