Bautizada al nacer con rocío
de la neblina matutina, respiró
el aire diáfano de la divinidad,
su esencia nutrida por la tierra fértil,
dedos inquisitivos, extendiéndose hacia el cielo.
*
Salpicado con el espíritu de la estrellas,
sus hojas lanceoladas desplegaban
para besar las gotas de las lluvias de verano,
concediendo resplandor a su semblante,
su belleza de concupiscencia inigualable.
*
Sus zarcillos entrelazados suscitan
la sensualidad de una clemélide acariciadora,
destacada por el embelesamiento de sus flores,
seducido, el contemplador, por su encanto,
a dormir en su reino de dulce mortalidad.
David Arthur ©®
La foto propia