Lo extraño.
Hay días en los que su ausencia pesa más que el mundo entero. Ya no me basta con verlo de lejos; mis brazos anhelan encontrar el camino hacia los suyos, porque solo allí el ruido de mi mente se convierte en silencio y el miedo deja de existir por un instante.
¿Por qué lo extraño de una forma tan inmensa?
Cada vez que nuestros ojos se cruzan, mi corazón olvida su propio ritmo y comienza a latir con la desesperación de quien teme perder aquello que más ama. Me descubro contemplando la dulzura de su rostro como quien observa un atardecer por última vez, intentando memorizar cada detalle antes de que desaparezca.
Lo quiero más de lo que quisiera admitir. Lo pienso con una frecuencia que asusta, como si mi mente hubiera aprendido a pronunciar su nombre incluso cuando guarda silencio. Y sé que no está bien.
Quisiera soltarlo. Quisiera tener la valentía de abrir la mano y dejar que el viento se llevara todo aquello que aún me ata a él. Tal vez así podría volver a encontrarme. Tal vez recordaría quién era antes de convertirlo en el centro de mis pensamientos.
Pero él siempre regresa. No con sus pasos, sino con su recuerdo. Habita cada rincón de mi memoria, se esconde en las canciones, en los lugares, en los pequeños instantes que antes parecían insignificantes. Vive en mí de una forma que no sé explicar.
Su ausencia duele. No hace ruido, pero rompe. No deja heridas visibles, pero desgarra el alma con una lentitud insoportable. A veces siento que lo necesito para respirar, aunque una parte de mí sabe que nadie debería convertirse en el aire de otra persona.
La vida sigue. Siempre sigue.
Pero yo me pregunto cómo se camina cuando el corazón decide quedarse atrás.
¿Cómo se olvida a alguien que todavía vive en cada pensamiento? ¿Cómo se apaga una llama que sigue ardiendo incluso entre las cenizas?
Tengo que olvidarlo.
Me lo repito una y otra vez, como una oración que nunca encuentra respuesta.
Y mientras el silencio llena la habitación, las preguntas vuelven a abrazarme. Se acomodan en mi pecho, susurran en mi cabeza y no me permiten descansar.
Solo quiero volver a mí.
Quiero dejar de buscar mi paz en unos ojos que no son los míos. Quiero sanar esta parte de mí que se rompe en silencio cada vez que pronuncia su nombre. Porque estoy cansada de librar una guerra contra mis propios sentimientos.
Y, aunque hoy me sienta hecha pedazos, quiero creer que incluso las estrellas necesitan romper la oscuridad para volver a brillar.