Todo lo he devuelto a la nada:
el nombre, el tiempo, las pequeñas pertenencias.
Solo me queda la certidumbre de tu gracia,
y ese residuo —lo sé bien—
es la forma más alta de la piedad
que una criatura puede otorgar a otra.
No imagino a nadie sobre la tierra
habiendo habitado una dicha más exacta,
una luz más limpia
que la que levantamos tú y yo con las manos.
Te escribo ahora porque el silencio se ha vuelto materia viva,
un peso de piedra sobre mis hombros.
Hay una sequía antigua instalada en mis ojos,
un desierto que avanza
y me agrieta, despacio, la raíz del corazón.
m.c.d.r