A veces creemos que los años pasan y que dejamos atrás aquellas pequeñas cosas que nos hicieron felices. Pero basta abrir una página, recordar un personaje o escuchar un nombre para volver por un instante a ese niño que esperaba con ilusión la próxima aventura.
Tengo 66 años y muchas de estas historias no solo las conocí: las viví. Esperé sus nuevas ediciones, recorrí sus páginas, imaginé sus mundos y acompañé a sus protagonistas en cada desafío.
Condorito, Mampato, Ogú, Papelucho y tantos otros no fueron solamente personajes de papel. Fueron compañeros de viaje, amigos silenciosos que estuvieron presentes mientras crecíamos.
Hoy, al recordarlos, entiendo que la verdadera magia no estaba solamente en las historias que contaban, sino en lo que despertaban dentro de nosotros: imaginación, alegría, curiosidad y esa capacidad maravillosa de volver a sentirse niño.
Porque mientras exista una historia que nos emocione, una página que nos haga sonreír o una aventura que queramos descubrir...
ese niño que esperaba ansioso la próxima edición sigue vivo.