El Señor Hace Llover.
Señor, caen mis piernas de rodillas
palpo la ceniza en el suelo,
siento que sus restos son los míos,
y que están por llevarme en una urna
para lanzarme como polvo al basurero.
El cuerpo me pesa,
colapso,
y me entrego por completo al suelo,
allí tirado mi mente se nubla,
la conciencia que me quedaba,
es una campanita que no resuena.
Solo queda la respiración,
ese llamado involuntario de la vida,
no lo controlo es un reflejo. Nada más.
Escucho a lo lejos mis latidos,
Señor, sostienes aún el hálito de mi vida.
Y desde el fondo del pozo,
en la soledad donde me perdí,
escucho un llamado,
veo una rendija lejana,
gotas del cielo caen en mi boca,
son la vida misma de la esperanza,
se confunden con mis lágrimas,
y la lluvia oculta mi tristeza,
resguardándome hasta que haya hierba,
palmeras en los arroyos, agua en el río,
la sequía termina a mi alrededor,
y mi corazón sana de nuevo
en las misericordiosas manos del Señor,
y su Espíritu se alegra.
Llueve para justos e injustos
hasta que Dios así lo quiera.