De las grúas de hierro y el frío metal,
del mercante inmenso, rutina y sal,
llegué a los muelles de un Ámsterdam gris,
buscando un respiro, un rincón, un matiz.
Lejos del ruido, del bar y el souvenir,
un canal secundario me vio discurrir,
y allí estaba ella, timón en la mano,
borrando de golpe mi invierno temprano.
Lena era el nombre, la calma y la flor,
un barco pequeño con alma y color,
donde el jazz suave flotaba en el viento,
curando la prisa, parando el momento.
Hablamos de mares, de tormentas crueles,
de cargas pesadas y eternos cuarteles,
ella me dio el pulso de su agua tranquila,
los patios secretos que el mapa no afila.
Cambié las vigías de altamar y corriente
por la luz dorada que muerde el puente,
dejé que las olas borraran mi frente
y anclé los suspiros en tierra caliente.
Dos capitanes de mundos distintos,
yo en el océano de grises instintos,
ella en su orilla, tan viva y tan plena,
guiando la vida sobre la arena.
Lena evaluó mi naufragio, mi balsa vacía,
yo vi en sus ojos su gran soledad,
éramos dos barcos que el tiempo unía,
un faro fugaz en la inmensidad.
El alba trajo el adiós obligado,
sin falsas promesas de un tiempo inventado,
un ancla de hierro dejó entre mis manos,
un lazo invisible de dos soberanos.
Hoy miro la costa desde mi cubierta,
la carga pesa, la mar está abierta,
pero en el frío de este muelle inerte,
Ámsterdam vive... y la suerte de verte.