Detén el segundero.
Vienes marchando con la prisa del siglo sobre los hombros
y yo apenas inauguro el aire.
Resguarda este cuenco que ensaya la sonrisa,
el labio que aún no sabe del invierno.
No golpees la vasija de mi pecho;
mira que es de arcilla tierna
y un roce brusco triza el porvenir.
Tómame en el aire, sin urgencias.
Haz de tu pecho un mapa transitable
donde mis dedos frágiles encuentren su raíz.
Aprenderé a caminar calzando tu pisada.
Seré la prolongación de tu sombra en el polvo,
el eco exacto de tu andar.
Mírame bien,
soy el azogue que aguarda en el fondo,
el lienzo limpio
donde vas escribiendo tu propio rostro.