En la noche de bodas,
cuando me cubrís el alma
con un mar de besos
y el cuerpo responde en suspiros.
En esa noche
en que los ojos oyen,
los oídos ven,
y la respiración juega al escondite
entre el ruido y el silencio.
Me basta tu presencia para descansar,
me basta saber que estás aquí para sonreír,
me basta pensarte
para que el corazón tiemble.
Y cuando mi boca
roza la hermosura de tu cuerpo,
¿Acaso es real?
Tan real que el paladar lo adhiere suavemente para prolongar dicho tiempo,
tiempo de unión entre el creador y el creado.
En la dichosa noche de bodas,
donde todo parece desordenarse
ante aquel que todo lo ordena,
la noche se vuelve más día que noche,
y el cuerpo muere mientras el alma florece.