Los talleres del silencio.
Las primeras puertas cerraron sin estruendo.
¿Acaso se pensó que aquello merecía prestar atención?
El herrero apagó la fragua una tarde cualquiera.
Sobre el yunque yacieron escamas de hierro,
todavía tibias… latentes.
Un muchacho pasó frente al taller
sin detener el paso ante tal escenario.
La piedra continuó esperando al cantero.
La lluvia aprendió primero los nombres de sus grietas.
En la plaza las estatuas comenzaron a parecerse
a quienes jamás levantaron un cincel.
El pescador regresó con las redes vacías.
No porque faltaran peces,
sino porque el mar
ya respondía antes a las pantallas
que al vuelo de las gaviotas.
Las mareas dejaron de hablar
el idioma del viento.
Finalmente, el copista guardó la última botella de tinta.
Durante años fueron sustento.
Las letras habían envejecido bajo sus dedos
como envejecen los árboles
sin advertir el paso de las estaciones.
Después, la luz empezó a escribir
sin necesidad de presencia.
En el cuarto oscuro el revelador vació las cubetas.
Ningún rostro volvió a surgir
desde la paciencia de los líquidos.
Las imágenes comenzaron a nacer completas,
como si nunca hubieran conocido la espera.
En tanto, el relojero siguió dando cuerda
a mecanismos que nadie llevaba.
Las horas aprendieron a iluminar
y a no hacer ruido.
En aquellos recintos atávicos
el polvo dejó de posarse sobre las herramientas.
Prefirió los estantes
donde dormían los manuales.
Las ciudades levantaban muros de cristal.
Las ventanas permanecían encendidas hasta el alba.
Los dedos recorrían superficies lisas
con la misma naturalidad
con que antes acariciaban madera,
lino,
hierro
o piedra.
Alma alguna celebró aquellas sustituciones.
Simplemente dejaron de preguntar
cómo olía el metal al rojo,
qué peso ocultaba un bloque de granito,
cuando la tinta estaba lista
o qué decía el oleaje,
antes de romper contra la costa.
La materia permaneció inmóvil.
El tacto tomó otro camino;
ya que el mundo dejó de responder del mismo modo.
El volcán siguió guardando su fuerza
bajo un vapor que ya no se supo interpretar.
El céfiro recorrió talleres cubiertos de moho,
sin encontrar otra huella que el plástico.
Entonces las manos comenzaron a parecerse al silencio.
xElthan.