Rosa Maria Reeder

Los que cosen el mundo mientras duerme

Mientras la ciudad presume sus luces,
mientras los grandes nombres escriben la historia con tinta de monumentos y aplausos, hay manos desconocidas
bordando silenciosamente el amanecer.

Son los que llegan antes que el sol
a despertar las calles dormidas,
los que cargan sobre sus hombros
el cansancio de generaciones enteras
sin pedirle al mundo una estatua.

Ellos conocen el idioma de las grietas:
saben dónde se rompe una esperanza,
dónde una lágrima necesita refugio,
dónde un corazón abandonado
todavía espera ser llamado por su nombre.

Con hilos hechos de paciencia,
remiendan las heridas de la tierra;
cosen la distancia entre los seres humanos, unen los pedazos de una humanidad que a veces olvida que todos somos la misma piel.

Una mujer acomoda una cama de hospital como quien prepara un altar de misericordia; un maestro enciende una pequeña lámpara para que un niño no herede la oscuridad; un campesino entrega a la tierra sus manos
para que otros reciban el pan.

Nadie escribe sus nombres en los libros del poder, nadie mide sus victorias en oro, pero cuando la noche cae sobre el mundo, son ellos quienes sostienen sus costuras para que la mañana no se deshaga.

Los que mandan levantan fronteras,
pero ellos levantan puentes.
Los que acumulan riquezas construyen murallas, pero ellos construyen abrazos
donde antes había abismos.

Quizás algún día la historia comprenda
que no fueron los tronos quienes salvaron la tierra, ni las voces más fuertes las que cambiaron el destino,
sino aquellas almas silenciosas
que amaron sin ser vistas.

Porque el mundo no permanece unido por el hierro,
sino por hilos invisibles de bondad;
y mientras la humanidad sueña con grandezas,
hay seres humildes, casi desconocidos,
que siguen cosiendo el corazón del mundo.

Ellos no buscan ser recordados:
les basta saber que alguien pudo sonreír, que una vida encontró consuelo,
que una herida dejó de sangrar.

Y cuando llegue el último día
y se revele la verdadera historia de los hombres, quizás Dios pronuncie primero sus nombres:

los que nunca tuvieron coronas,
pero sostuvieron la creación
con sus manos llenas de amor.