Neptuno, padre, piadoso y cruel,
emperador de las ondas al bailar,
Rey, corona de coral,
de su cofre pulcro,dorado sin par
arrojó tres perlas, en el infinito mar...
PERLA I:
¡Cuánta delicia
riqueza deseosa
puso en sus versos
la niña poeta!
La seda de China,
las perlas del mar,
el oro del África,
la miel de Canaán.
El saber de Atenas,
madera de la India,
Flores de Hawaii,
castillos de Alemania,
y todas las piedras
preciosas de Dubai.
¡Cuánta ricura,
fortuna infinita!
La niña poeta
juntó los tesoros
con sus manos,
mas bien, con sus sueños.
colores de diciembre,
idilios abrileños,
para que fuera un deleite
a sus divinos ojos.
¡Mas qué pena, que sus ojos
nunca llegaron a admirar
no hubieron de contemplar
la exquisita belleza
del paraíso terrenal!
Que la niña, con amor
le quiso juntar.
Y así llena de esplendor
en el viento mecida,
su poesía sigue perdida
y ella muere de amor.
PERLA II:
En la hondura azul del mar callado,
escucho un canto que nadie revela,
sirenas entonan su himno sagrado,
y el coral responde con luz que desvela.
Reconozco su canto, secreto divino,
las sirenas me llaman con voz cristalina,
soy parte del himno, del sueño marino,
canción que envuelve, canción que ilumina.
PERLA III:
En los abismos de un mar cristalino,
se alzaba un palacio de burbuja sagrada,
corales brillaban con fuego divino,
y el agua cantaba su música encantada.
Un joven de piel celeste me guía,
sus ojos rojos ardían como faro,
“Soy hijo de Neptuno”, su voz me decía,
y el océano entero temblaba en su amparo.
Extendí mi mano, tocando su esencia,
sentí que su forma era mito y destino,
mas desperté, con la clara presencia,
que aquel joven bello era Ryƫjin divino.
¡Oh, dragón guardián de sedosa bruma!
mis ojos contemplan mi gran desatino,
si mi carne fue la que atravesó mar y espuma,
o fue una ilusión, un sueño, con el Ryujin divino...
Annabeth Aparicio de León
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