EL JUICIO DE LOS QUE NO CONOCEN
Hoy caminé por senderos ajenos, cumpliendo favores con el corazón sereno; pero una pregunta rompió mi calma interior:
¿Tan mala persona soy, Señor? ¿Por qué me juzgan sin conocer mi verdad? ¿Por qué condenan con tanta facilidad?
Hablan de mí con palabras prestadas, como hojas secas por el viento arrastradas.
Mientras un mate templaba mis manos, la televisión sonaba entre ecos lejanos; y en el silencio que abraza el pensar, mi alma no dejaba de preguntar.
Dicen que soy lo que nunca han visto, sentencian mi nombre sin haberme oído.
Prefieren rumores, mentiras y ficción, antes que descubrir la voz del corazón.
Ayudo sin medir el tiempo entregado, aunque muchas veces termine lastimado.
Porque nací creyendo que hacer el bien vale más que el aplauso de un falso amén.
La vida golpea al que marcha derecho, al que lleva la verdad dentro del pecho; porque saben que un árbol de raíz profunda resiste tormentas cuando el viento inunda.
En cambio, el torcido se dobla al pasar, cambiando de rostro para agradar.
Se esconde en la sombra de la falsedad, disfrazando de virtud su propia maldad.
Lanzan indirectas creyéndose mejores, sembrando espinas donde nacen flores.
Ignoran que toda palabra lanzada al viento regresa al alma cargada de tormento.
Quien señala con un dedo acusador, esconde en su pecho un miedo mayor.
Porque la mentira podrá convencer, pero jamás a la verdad vencer.
No necesito gritar quién soy, ni demostrar lo que doy.
El tiempo es un juez que nunca se equivoca; pone la verdad donde la mentira se sofoca.
Seguiré tendiendo mi mano sincera, aunque el desprecio a veces me hiera.
Prefiero vivir con el alma tranquila que esconder mi rostro tras una mentira.
Porque la rectitud podrá ser herida, pero jamás vencida en esta vida.
Y cuando el silencio escriba su razón, Dios revelará la verdad de cada corazón.