Quiero cogerte,
sí,
no lo niego.
Quiero follarte,
cogerte,
cogerte mucho
sin miedo
ni prejuicio.
Lo digo
con la misma naturalidad
con la que el mar
confiesa su hambre de orillas.
Pero sería una derrota
si todo terminara
en el breve incendio de la carne.
Quiero recorrer tu cuerpo
como quien lee un libro antiguo,
deteniéndose en cada cicatriz,
en cada luna,
en cada palabra que la piel
aprendió a callar.
Quiero ver tu rostro
cuando el tiempo se detenga
y el universo cierre los ojos
para dejarnos solos.
Quiero beber de tu respiración,
hacer de tu nombre
una lámpara encendida
en los corredores de mi memoria.
Quiero cogerte,
sí,
no lo niego.
Pero también quiero tocar
ese lugar donde nunca llegan las manos
y nadie más haya llegado.
Quiero entrar
en la habitación secreta
donde guardas tus miedos,
abrazar a la niña que fuiste,
besar a la mujer que eres
y conversar con la
que algún día habitará tus recuerdos.
Quiero comerme tus silencios,
beber de tus amaneceres
hasta que mi sangre
aprenda tú idioma.
Quiero que nuestros cuerpos
sean apenas el puente.
Lo que deseo cruzar
es el abismo
que separa dos almas
antes de contactarse.
Quiero follarte,
sí.
Quiero cogerte,
sí.
Y mucho.
Pero, sobre todo, quiero que cuando el deseo haya apagado su incendio,
permanezcan nuestras miradas y no haya nada que reprochar, solo agradecimiento por el milagro de nuestra coincidencia y la intersección de nuestros espíritus.
¿Me dejas cogerte?