Eduardo Villacal (seudónimo)

Vos sabés

Vos sabés, o no sabés, o quizás nunca lo supiste,
que hay una manera de extrañar que no es extrañar.
Es más bien como poner un disco viejo
y descubrir que uno sabe todavía la letra de memoria.

Yo no te recuerdo. Eso sería fácil, ordenado, previsible.
Tendría un principio y un final.
Lo que me pasa es otra cosa. Te desordeno.
Te aparecés en mitad de un café, en un costado de la tarde,
en esa costumbre rara de mirar dos veces
cómo si pudieras ser vos, esa mujer que se ríe fuerte en la calle.

Tus ojos, permitime esta cursilería,
total, ya estoy grande para andar cuidando el estilo,
tus ojos eran como esas cosas que uno no entiende
hasta mucho después de haberlas perdido.

¿Y sabés qué es lo raro? Que no volvés entera.
Volvés en pedazos.
Una gesto acá o allá,
un suspiro que se cuela entre las frases
de una conversación que no tiene nada que ver con vos,
y ahí estás, de pronto.

A veces es dulce, casi una caricia.
Otras veces es una bronca, un fastidio.
La furia de no haber dicho ciertas cosas a tiempo,
de haber tirado una moneda al aire,
de haber jugado a cara o ceca con el corazón
y haberme quedado, como siempre, del lado equivocado.

No sé si te sigo queriendo.
Sé que te sigo jugando,
que sos una partida que no terminó,
sino que quedó pausada, ahí, en el tablero,
y que, de tanto en tanto, sin que yo lo busque,
alguien o algo mueve alguna ficha.

Y ahí estás vos otra vez,
completamente cierta
en medio de esta melancolía que, la verdad,
no cambio por nada.