marco romero

Asesinos

Matamos el amor.

Lo matamos abriéndonos las venas

en el filo del olvido,

colgándolo de la ausencia.

 

No hubo tierra para dos cuerpos;

los dejamos a la intemperie:

que se sequen, que se pudran.

 

El rojo se derrama en el relieve,

el mar se alza sobre el muro

y nos revienta los ojos.

 

Somos la víctima y el verdugo,

la tiniebla, la alegría,

la mitad más pura del otro

para apenas estar enteros.

 

Hay una vela y una misa

para dos almas en el mismo féretro

a falta de boda.

 

Hay un hueco que resuena:

mi corazón en el suyo, el suyo en el mío;

un último beso de asfixia

que nos arranca la vida.

 

 

—m.c.d.r