Matamos el amor.
Lo matamos abriéndonos las venas
en el filo del olvido,
colgándolo de la ausencia.
No hubo tierra para dos cuerpos;
los dejamos a la intemperie:
que se sequen, que se pudran.
El rojo se derrama en el relieve,
el mar se alza sobre el muro
y nos revienta los ojos.
Somos la víctima y el verdugo,
la tiniebla, la alegría,
la mitad más pura del otro
para apenas estar enteros.
Hay una vela y una misa
para dos almas en el mismo féretro
a falta de boda.
Hay un hueco que resuena:
mi corazón en el suyo, el suyo en el mío;
un último beso de asfixia
que nos arranca la vida.
—m.c.d.r