Está sola, y para seguir el camino
no lleva provisiones.
Cuando pasa
por los días, al final de cada tarde
piensa en todo
lo sucedido: tan solo se lamenta
y se levanta,
marchando hacia un horizonte plano.
Entonces... ese cierto imprevisto
se convierte en su más
grande acierto:
el de que pudo sobrevivir a la vida
en el tan inseguro juego
del azar de la conciencia,
así, tan naturalmente
llena de dudas, de banderas,
de himnos y morales,
de valores y cobardía.
Le dijo el amor que se poblarían
sus labios de cenizas;
dijo también el futuro que
mañana se resistirá a su presente.
Le agregaron valor, pero fue
cobarde;
le agregaron emociones
y no supo qué hacer con ellas.
Entonces
solo apretó su puño,
recordando aquellos
fantasmas como el saldo
de lo sucedido.
«La soledad será igual a la libertad»,
le dijo la serenidad,
«pero no puedes dejar de hacerte
cargo de todo...»
«...porque igual nada te convence»,
le dijo la seguridad.
Y es cuando se te ocurre la idea
de seguir, seguir y seguir,
y ese es otro acierto
luego de aceptar que te
refugias en una habitación
que no es la tuya,
que sueles escuchar los pasos
de la muerte cada vez más
cerca de la cama...
pero sabes, resulta que
temerle es innecesario,
y es cuando aprendes a convivir
con ella, no como algo espantoso
e incierto, sino
como otro amor,
como otro afán,
como otro tiempo,
hasta caerse lentamente
toda la difamación...