Con este paisaje regular,
sin gracia, donde veo
cactus y piedras,
una que otra maleza,
mi taza de té y un gato
que pretende, en algún
descuido, robar mi desayuno,
me puse a pensar en esto...
las piedras.
Son duras,
símbolo fácil
del corazón sin amor.
No se mueven, pero
el tiempo las desplaza
en miles de formas,
colores, tamaños y dureza.
No falta quien pierde el tiempo
y les dedica un pensamiento.
Acá, mi improvisado compañero,
astuto como él solo, me mira
con cara adversa a lo que pienso,
como si supiera y me dijera:
“No seas conmigo
como lo que escribes en tu libro”.
Este gato me dejó
pensando...
esas piedras
son como muchos de nosotros.
Tenemos variedad, colores,
tamaños, también dureza;
nos cerramos en la grandeza,
nos cerramos a entender y escuchar,
nos cuesta perdonar,
mirar, reflexionar.
Detrás de la apariencia perfecta
suele esconderse la dureza
que más cuesta dejar
Variedad humana, así es este
pequeño mundo,
que dejaré tranquilo por un segundo.
(PD: El único feliz, el gato,
que por escribir se alejó de mí
con un buen premio al fin.)