Vaciar un hogar para llenar otro es siempre molesto. Molesto por tener que irme, a veces por fuerza mayor, como en este caso, y otras porque el impulso de mi vida me empuja hacia delante, y no hay motivo, excusa, automentira, que sirva de obstáculo, que detenga ese peñón que cae ladera abajo a imparable velocidad.
Sí, vaciar un hogar es desolador, es algo así como cerrar un libro que disfruté para abandonarlo sin segunda lectura posible, dejar atrás lo que sentí, lo que gocé recorriéndolo con mis pupilas y comprobar cómo el recuerdo lo va desdibujando lentamente, sin pausa.
Añadiría, entre lo que me fastidia, tener que enfrentarme sin remedio a toda la mierda que está por debajo de lo que no se puede mover, o no se quiere jaja; verme en la tesitura de tener que levantar tantas cajoneras debajo de las cuales hace lustros que no paso el cepillo, y calibrar por el grosor de las pelusas mi desidia, mi desinterés.
Me llevará varias semanas este suplicio. Mi novia está al llegar, de Málaga, y se me hace increíble el momento en el que tumbados en nuestra nueva cama, por primera vez, demos al aire el pistoletazo de salida de una nueva vida —espero más feliz—.