Dejar el miedo
a vivir en otra tarde.
Empezar a comprendernos
y no ver la casa como una celda fría
de cuatro paredes.
No preguntarle al perro
si quiere correr en el asfalto cuando llueve
y recoger las flores que caen en el parque.
Y en un lejano día...
recordar
esa tarde.
L.G.