En la comisura del reloj derritiéndose,
donde la lluvia abre los ojos para no ver,
somos un incendio con sed de alga,
un relámpago sumergido en el pulmón del mar.
¿Somos fuego o somos agua?
Nadie responde, las cenizas están demasiado ocupadas flotando,
cuando lo que nos importa
no cabe en las bolsillos de la realidad,
cuando no tiene nombre, ni peso, ni pasaporte,
y flota como una calavera de azufre sobre el deseo purísimo.
Bebemos la luz que cae del reverso de los espejos,
amamos lo insustancial, lo invisible,
el perfume de los espectros que aún no han nacido.
El saber, ese viejo mapa mordido por las polillas del tiempo,
esa herramienta de barro que pulimos con tanto esmero,
se deshace en la garganta del abismo.
¡Se quema, en derretidas páginas, dentro de la IA!
Nada de lo que conocemos cruza la aduana de la muerte,
la memoria es un hueso seco que el infinito desprecia,
una biblioteca de humo ardiendo en una noche de hielo,
y sin embargo, en el centro de la niebla,
lo que ignoramos abre su flor de acero.
La ignorancia no es la sombra,
es el único microscopio capaz de medir el futuro incierto,
el motor secreto de la razón que no calcula,
el imán que atrae los pasos de la carne hacia la estrella viva.
¡Fuego líquidamente devorado.!
Agua en llamas que quema la piel de la certeza.
Somos la llave que solo abre puertas que no existen.