Epifanía del Poema
El poema no se inventa: se descubre.
Estaba allí, esperando, silencioso,
como la luz que espera el amanecer,
como el secreto que guarda el reposo.
De pronto, una palabra abre el cielo,
y todo se aclara, sin ruido y sin prisa;
comprendes de golpe por qué duele y ama,
por qué vive el alma y por qué da risa.
Ya no hay separación, ni sombra, ni duda:
el verso y tú, el poeta y su verdad,
todo es uno, todo es luz pura,
todo es claro, sin tiempo y sin final.
Es el instante en que el poema te revela
que no lo escribiste… él te eligió a ti,
para que su voz, que era eterna y muda,
tomará tu aliento y aprendiera a vivir.
Llegó como un suspiro que trae el viento,
no de tu mente, sino de mucho más lejos;
atravesó el silencio y los siglos,
solo para hallarte en este momento.
No buscabas respuestas, y las hallaste,
no pediste señales, y brilló todo;
lo que parecía un sueño ajeno,
resultó ser tu propia alma hablando.
Las palabras son solo llaves ligeras,
que abren puertas que siempre estuvieron ahí;
el poema no trae nada nuevo…
solo te recuerda lo que olvidaste de ti.
Y cuando se apague la última línea,
seguirá brillando dentro de tu pecho;
porque una epifanía no se olvida,
ni se aleja, ni se va… sigue siendo tú.