Es que no entienden, tío.
No entienden que no me gusta esta ciudad.
No me gusta su ruido,
ni el tráfico,
ni las caras apuradas,
ni esa costumbre de vivir
como si quedarse fuera una obligación.
No me gusta para nada.
Y quizá por eso
desde niño aprendí a irme
sin moverme.
Mientras otros aprendían
a querer la ciudad donde nacieron,
yo inventaba otras.
Me acostaba
y construía calles en mi cabeza,
estaciones, puertos,
habitaciones donde nunca había vivido,
ciudades que todavía no conocía
pero que ya sentía mías.
Desde pequeño
me inventé la vida que quería vivir.
Quizá por eso ahora
mi mundo en la cabeza
me parece mucho más habitable
que este.
No es que no tenga un lugar aquí.
Es que llevo demasiado tiempo
viviendo en lugares
que todavía no existen.
Y cuando me hablan de quedarme,
de hacer mi vida aquí,
de echar raíces,
me pregunto:
¿cómo quieren que eche raíces
si desde niño
lo único que he querido
es caminar?
Yo no sueño con una casa.
Sueño con el próximo camino.
Con otra ciudad.
Otra estación.
Otro idioma.
Otra ventana desde donde mirar la lluvia
y pensar:
por fin, aquí tampoco me voy a quedar.
Porque quizá esa sea mi forma de existir:
inventarme un lugar
cuando el que tengo
me queda demasiado pequeño.
Y si algún día me ven irme,
no digan que escapé.
Yo llevo toda la vida
preparándome para llegar
a los lugares que imaginé
cuando todavía era un niño.
El Cronista sin Puerto