Yo, definitivamente, no hablo como pienso. Pienso, ocasionalmente, como escribo: con una textura un tanto educada; a veces, y otras, bajo desafortunadas fachadas de autocontrol, digo en silencio todo lo que debería decir gritando. Bastaría leerme para desentenderme y entender que soy un cúmulo de hipótesis que buscan la antítesis de su propia expulsión en letras, parlamentos y alusiones.
Es entonces, ante esa imposibilidad de sincronizar mis palabras con mi lengua, mi verdad con mis ideales, cuando quedan lagunas inevitables. Hay ideas que mi voz no alcanza a pronunciar con la precisión con la que mi mente las construye.
Hay contradicciones entre lo que soy y lo que aparento ser. Es ahí donde me quedo en el intento de convertirme en algo, suspendida en el intervalo de mi propia definición. Es ahí cuando surge la pregunta más irresoluble: ¿quién soy, o qué soy?