El escriba de la penumbra

Hoy no escribe un hombre. Hoy escribe el eco de sus ruinas.

No son mis manos las que acarician el papel; son los restos de un universo que un día conoció la luz y que ahora vaga entre los escombros de una eternidad sin amaneceres. Escribe el polvo de los sueños que murieron antes de aprender a volar. Escribe el silencio que quedó cuando mi alma dejó de reconocerse en el espejo.

Habla un ser que nació con el pecho abierto hacia el mundo, esperando encontrar un refugio donde descansar el corazón. Un ser que solo deseó ser amado sin condiciones, comprendido sin tener que traducir el idioma de sus heridas, abrazado sin que nadie le preguntara por qué dolía tanto.

Pero el mundo aprendió primero a señalar que a escuchar.

Qué fácil resulta vestir de juicio el dolor ajeno.

Qué sencillo es convertir el sufrimiento de otro en un espectáculo del que todos creen conocer el final.

Y entonces las voces de la tierra pronuncian siempre el mismo veredicto:

“Solo quiere llamar la atención…”

Y yo me pregunto…

¿Cuál atención?

¿La de las miradas que atraviesan mi dolor como si fuera transparente?

¿La de quienes contemplan mi derrumbe y, sin detenerse un instante, dictan sentencia?

”¿Qué le pasa?”

“Si lo tiene todo…”

“Hay personas que sufren más y siguen adelante…”

Ya está muy viejo para comportarse así…”

“Ignórenlo… ya se le pasará.”

Sí…

Tal vez tengan razón.

Algún día todo esto dejará de doler.

Pero ignoran que existen dolores que no terminan porque sanan…

…sino porque dejan de respirar.

Ellos ven una vida.

Yo habito un laberinto donde el tiempo perdió el camino de regreso.

Ellos creen que poseo todo.

Y, sin embargo, jamás han visto el inmenso desierto donde debería florecer la paz.

Nunca han tocado el frío de una soledad que no cabe en las noches.

Jamás escucharon el sonido que hace un corazón cuando se rompe en absoluto silencio.

Hay noches en las que el aire deja de pertenecer a este mundo.

Entonces despiertan las voces.

No vienen desde mi memoria.

Vienen desde un lugar antiguo, donde la oscuridad aprendió a pronunciar mi nombre antes incluso de que yo naciera.

Susurran con la paciencia de los abismos.

Repiten mi cansancio.

Respiran detrás de mis pensamientos.

Se deslizan por los pasillos de mi casa como sombras que jamás proyectó ninguna luz.

Me acompañan por las calles.

Se sientan frente a mí cuando intento sonreír.

Se esconden detrás de cada rostro hasta convencerme de que el universo entero ha olvidado que existo.

Y mientras el mundo cree que camino…

Yo llevo siglos arrastrando un alma que olvidó cómo sostener sus propias alas.

Cada amanecer es una montaña hecha de ausencia.

Cada respiración pesa lo mismo que una despedida.

Cada latido es una estrella extinguiéndose lentamente dentro de mi pecho.

Nadie imagina el esfuerzo infinito que requiere permanecer aquí.

Nadie sabe cuántas veces he tenido que reconstruirme con las mismas cenizas que el dolor dejó la noche anterior.

He aprendido a sonreír con la delicadeza de los muertos.

A conversar mientras mi espíritu se desangra en un idioma que nadie escucha.

A convertirme en un fantasma que finge estar vivo para no incomodar la tranquilidad de quienes jamás conocerán este infierno.

Porque existen personas que mueren una sola vez.

Y existen otras…

…que llevan una eternidad muriendo en silencio.

Yo pertenezco a estas últimas.

Soy un cielo donde dejaron de nacer las auroras.

Un océano que olvidó el nombre de las mareas.

Una catedral habitada únicamente por el eco de las oraciones que nunca encontraron a Dios.

Y, aun así…

en el rincón más diminuto de estas ruinas…

permanece una brizna de luz.

Tan frágil como el último suspiro de una estrella antes de desaparecer.

Esperando, contra toda lógica y contra todo dolor, que algún día alguien no mire lo que aparento tener…

sino el universo entero que llevo demasiado tiempo sosteniendo mientras se derrumba dentro de mí.