Gelber Payes Morales

Esperando el momento

Tú no me amas,

nunca lo has hecho.

Ni siquiera la tarde en que jugando basquetbol

soltaste la paloma que tenías enjaulada,

y la enviaste sonriente hacia mi corazón,

con un mensaje entre rosa y escarlata.

 

Yo lo leí en el aire,

y en la única banca del estadio

tuvimos la primera sensación

de querer por un instante detener el tiempo

para engañar con estrategia al mundo

y dejarnos caer conscientes del pecado,

en el abismo de la pasión.

 

Pero eso no era amor.

Nadie puede subir de cuatro saltos

a contemplar el alba desde la cima del cielo.

Era sí un impulso pasajero,

un torrente capaz de desbordar los ríos,

una estrella fugaz,

una estela que cruza el universo.

 

Han pasado los años;

y todo el vendaval desaforado

se transformó en el rose intermitente de la brisa,

en la pequeña llama que se resiste a morir,

en sendas gotas de agua dispersas en el aire.

 

Mientras tanto, la vida,

te llevó a caminar nuevos senderos,

a cultivar fragantes jardines de ilusiones,

a besar otros labios,

a consentir la fuerza de otros brazos;

y a llorar por amor sobre la tumba

de nuevos dolorosos desencantos.

 

Yo siempre lo he sabido,

y nunca por mi bien me han importado,

los punzantes puñales de tu indiferencia,

porque ni en el más dulce de mis sueños

habría de ser yo el elegido

para besar tus labios

en la dulce promesa del altar.

 

Yo siempre lo he sabido;

y sin embargo espero agazapado

a beberme el rocío de tu cuerpo,

aunque tu corazón no sea mío

y aunque el mío galope por el tiempo.