Tú no me amas,
nunca lo has hecho.
Ni siquiera la tarde en que jugando basquetbol
soltaste la paloma que tenías enjaulada,
y la enviaste sonriente hacia mi corazón,
con un mensaje entre rosa y escarlata.
Yo lo leí en el aire,
y en la única banca del estadio
tuvimos la primera sensación
de querer por un instante detener el tiempo
para engañar con estrategia al mundo
y dejarnos caer conscientes del pecado,
en el abismo de la pasión.
Pero eso no era amor.
Nadie puede subir de cuatro saltos
a contemplar el alba desde la cima del cielo.
Era sí un impulso pasajero,
un torrente capaz de desbordar los ríos,
una estrella fugaz,
una estela que cruza el universo.
Han pasado los años;
y todo el vendaval desaforado
se transformó en el rose intermitente de la brisa,
en la pequeña llama que se resiste a morir,
en sendas gotas de agua dispersas en el aire.
Mientras tanto, la vida,
te llevó a caminar nuevos senderos,
a cultivar fragantes jardines de ilusiones,
a besar otros labios,
a consentir la fuerza de otros brazos;
y a llorar por amor sobre la tumba
de nuevos dolorosos desencantos.
Yo siempre lo he sabido,
y nunca por mi bien me han importado,
los punzantes puñales de tu indiferencia,
porque ni en el más dulce de mis sueños
habría de ser yo el elegido
para besar tus labios
en la dulce promesa del altar.
Yo siempre lo he sabido;
y sin embargo espero agazapado
a beberme el rocío de tu cuerpo,
aunque tu corazón no sea mío
y aunque el mío galope por el tiempo.