La ultima noche de julio aplasta,
llueven muertos amarillos sobre bancos
donde negros y moros recientes enraízan
uno a uno su árbol de vidrio con savia de sangre.
Sus hojas respiran y exhalan sudor;
el adoquín recibe la meada de tanto perro arrastrando
a seres semi humanos alumbrando semi rostros
con tanta semi luz de tanto celular paseándolos.
Fueron bancos de venas y heroína, cristalíticos
ojos explotando en colores psicodélicos
vendiendo a su madre, lavadora o su cuerpo.
¡Cuánto incauto azotó la muerte de jeringas!
Ahora, una simple pastilla retuerce
y anuda carnes con huesos que reptan
las meadas y sudores de la calle;
zombis por una simple pastilla colgada
de las hojas de alguna rama sudorosa.
No tengo tiempo para temer, no quiero,
no me importa que reviente el mundo,
como tampoco le importa a nadie
por mucho que finja o cuente o cante.
Fingiré también, un poco hoy,
y quizás lea algún poema del amor
más puro que pueda emanar de algún poeta de turno.
Quizás le dé al megusta por pura cortesía,
o por no abrir más ojos
a nadie más de este mundo.