Desataré los suspiros que guardaste en tu cabello, para fundir en mi boca tu labial de terciopelo.
No habrá noche de desvelo ni distancia en el sendero, porque habitas en mis sueños con la luz de tu recuerdo.
Y buscaré los mil besos bajo el rojo del pañuelo.
He abrigado tus caricias para congelar el invierno, donde el tiempo nunca corre y nuestro amor es eterno.
Si la noche a ti te llama con aroma de romero, yo seré la humilde sombra que sostenga tu amuleto.
Y al avivar esa hoguera con las brasas de tus dedos, llevaré grabado el nombre de tu piel sobre mi pecho.
Aunque te pierdas un día por los mapas del invierno, tu pisada es la ceniza que jamás borrará el tiempo.