José Luis Barrientos León

A mi hijo, desde la estación de los días

 

No desees, hijo mío, el olvido de lo que fuiste,

ni de los rostros que antes amaste en la penumbra.

Cada afecto antiguo no es carga ni ceniza;

es peldaño de piedra en el camino burilado

que conduce hacia el siempre.

 

No dejes ir de tu mente las viejas alegrías,

ni apartes el amargo cáliz de los dolores pasados.

Ambos son la arcilla con que el destino te esculpe.

Quien reniega del dolor que lo trajo hasta el presente,

mutila su propia alma.

 

Mira el río: no olvida las fuentes de la montaña

mientras corre sereno hacia el mar que lo devora.

Acepta cada amor pretérito como un faro extinto

que alguna vez alumbró la noche de tu viaje.

 

Porque vaciar la memoria es llamar a la sombra.

Olvidar, hijo, es la única muerte verdadera;

es quedar vivo, pero con el pecho desierto.

Recuerda todo, contempla el mapa de tus días,

y camina firme hacia el mañana.

Alla te espero.