Luis Barreda Morán

Lo Que Dejaron Los Dias

Lo que dejaron los días

No fue la victoria
la que me enseñó a mantenerme de pie.

Fueron las derrotas,
esas maestras silenciosas
que jamás entregan diplomas,
pero dejan cicatrices
con forma de sabiduría.

Hubo inviernos
en los que creí haber perdido el rumbo,
hasta descubrir
que incluso el frío
prepara la tierra
para la próxima primavera.

Aprendí
que no toda ausencia
es un castigo;
a veces
es el espacio necesario
para escuchar la voz
que siempre vivió dentro de uno.

Quise cambiar el mundo
con las manos abiertas,
y comprendí
que la ayuda verdadera
solo florece
en quien decide recibirla.

Perseguí la perfección
como quien intenta abrazar el horizonte,
hasta entender
que la belleza
también habita
en las grietas,
en las dudas
y en las huellas del camino.

Desde entonces
camino sin competir con nadie.

Procuro sembrar el bien,
cumplir mi parte
y dejar que cada corazón
responda por la suya.

Vi correr a muchos
detrás de espejismos,
mientras el tiempo,
paciente,
premiaba a quienes sabían detenerse
a contemplar un amanecer,
una conversación sincera,
el abrazo inesperado.

Nada permanece para siempre.

Ni la alegría,
ni el dolor,
ni los rostros
que un día prometieron quedarse.

Y, sin embargo,
cada encuentro deja una semilla,
cada despedida
una lección.

Descubrí
que la amistad verdadera
no hace ruido,
permanece.

Que el amor auténtico
no necesita convencer;
se reconoce
en los pequeños gestos
que vencen la rutina.

Que la fidelidad
no nace del miedo a perder,
sino de la alegría
de haber encontrado
un corazón donde descansar.

También entendí
que existen heridas
que nunca desaparecen del todo,
pero dejan de sangrar
cuando el amor,
el tiempo
y la esperanza
las acarician con paciencia.

Y cuando las fuerzas faltan,
la fe se vuelve lámpara,
recordándonos
que ninguna noche
ha logrado impedir
el regreso del alba.

Por eso ya no persigo la felicidad.

La recibo
cuando toca mi puerta.

Ya no exijo certezas.

Abrazo el instante.

Porque vivir
es agradecer el pan compartido,
la lluvia después de la sequía,
la risa que vuelve sin avisar
y la oportunidad
de empezar otra vez.

Al final,
la vida no premia
a quien nunca cayó,
sino a quien aprendió
a levantarse
con el alma más humilde,
los ojos más abiertos
y el corazón
todavía dispuesto
a creer.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA 
Diciembre, 2015.