No sé en qué momento dejamos de hablar con Dios como un hijo habla con su padre.
Quizá fue cuando la vida comenzó a doler. Cuando una oración pareció quedarse sin respuesta. O cuando nos convencimos de que Dios tenía cosas más importantes que hacer que escuchar nuestras preocupaciones.
A mí me gusta pensar que Dios nunca se fue. Los que nos alejamos fuimos nosotros.
Y, aun así, cuando decidimos volver, Él no nos recibe con reproches. Nos recibe como el padre del hijo pródigo: con los brazos abiertos. Antes de pedir explicaciones, ofrece un abrazo. Antes de señalar las heridas, comienza a sanarlas.
Eso es lo que más me conmueve del Evangelio. Jesús nunca hizo sentir pequeña a la persona que se acercó a Él con un corazón sincero. Corrigió el pecado, sí, pero levantó al pecador. Miró con misericordia a quien todos despreciaban y devolvió la esperanza a quienes ya la habían perdido.
Ojalá aprendiéramos a mirar así.
Vivimos en un mundo donde es fácil señalar los errores de los demás. Nos cuesta escuchar, perdonar y comprender. Sin embargo, Cristo hizo exactamente lo contrario. Se sentó con los rechazados, tocó a los enfermos, lloró con los que lloraban y dio su vida por quienes nunca podrían pagarle ese amor.
Ahí está el corazón del cristianismo.
No se trata solo de conocer versículos o asistir a una iglesia. Se trata de permitir que Jesús cambie nuestra manera de vivir. Que nuestras palabras sean más amables. Que nuestras decisiones reflejen su amor. Que quien se cruce en nuestro camino pueda encontrar un poco de Cristo en nuestra forma de tratarlo.
No siempre lo lograremos. Habrá días en los que volveremos a caer, en los que perderemos la paciencia o nos vencerá el orgullo. Pero Dios no se cansa de empezar de nuevo con nosotros. Su misericordia es más grande que nuestras caídas.
Por eso nunca pierdas la esperanza.
Mientras haya un corazón dispuesto a regresar, siempre habrá un Padre esperando en la puerta.
Y quizá la mayor señal de que Cristo vive en nosotros no sea que hablemos mucho de Él, sino que las personas se sientan más amadas después de habernos conocido.