Muriendo en hilos de rubí,
con el firmamento encendido,
en la tarde te derramas.
Una sombra piramidal se extiende.
El pincel de tus ojos
desabrocha el pudor
de la claridad del día.
Esperando, como mis labios,
el instante preciso
para encender
los sueños olvidados.
Huésped del viento,
el sol cepilla los vidrios
lentamente.
La noche vuelve a hacer nido,
pero después…
el amanecer lo destruye.
Duele el alma hecha jirones;
hasta las piedras se conduelen.
El mundo no puede ser masticado,
y sigo aquí,
con el abrigo del frío,
junto al dolor
de la cama tendida.
Soy culpable
de la arquitectura del engaño.
La luz, finalmente,
es mi expiación.