No tengo aún el descaro de enorgullecerme de mis errores como sí lo haría en vísperas de mi muerte. Esa última llamada es el clímax inevitable de mis vacilaciones. Es ahí donde me levantaría de la cama y trataría de terminar todo lo que he dejado a medias, o eso creo.
Ciertamente, un momento de rebeldía no basta si mis ambiciones no dejan de crecer. Las espirales dejan pozos a su paso, pues cuanto más grande es la ambición, más se necesita alejarse del centro, ese vacío horrendo, para poder subir un peldaño más. La idea me agota; y aunque su naturaleza es puramente pesimista, algo dentro de mí brama por avanzar. La caída puede ser peor, sí, pero cuanto más grande sea esa espiral, el fondo no deja de ser un punto entre todos esos avances.
Quizás es mejor engañarse de vez en cuando. No todos los días tienen al mejor de los finales entre sus candidatos. De vez en cuando es mejor pasarlo mal que pasarlo muy mal; llegará el día en que la peor opción sea la muerte, y espero no tomarla voluntariamente. Y si se cumplen mis deseos, entonces me veré cayendo al centro de una espiral que podría recordarme cada vuelta que di para evitar llegar ahí.
Para el punto último, no podré levantarme de ninguna cama, por lo que debo concluir que la víspera de mi muerte es constante, y que la peor opción de hoy la evité escribiendo aquí.