Hola, extraña.
Voy a seguir con nuestra conversación sobre el amor.
Ayer tuve una charla muy interesante con una amiga. Hablábamos de los hombres, del amor, de las relaciones...
Hasta que, en un momento, me dijo:
\"Yo quiero alguien que se enamore de mí. Quiero ser su mundo, que me priorice en todos los sentidos, que me dé los buenos días y las buenas noches, que proponga, que esté, que se muera de amor por mí.\"
Y me quedé pensando en su deseo. En lo imposible que parece sonar hoy, en una época donde el amor cambió de forma, de idioma, de ritmo. Donde, muchas veces, siento que vivimos en una sociedad que parece buscar constantemente una guerra entre hombres y mujeres, en lugar de un encuentro.
Me quedé en silencio.
Y, de repente, la cabeza hizo un clic enorme.
Lo entendí al instante.
Así me amaron siempre.
A todo o nada.
Yo fui el centro de gravedad. Fui el mundo de alguien. Hubo personas para las que todo empezó a girar alrededor mío, para las que, de un momento a otro, todo se trató de mí.
Entonces entendí muchas cosas.
¿Cómo voy a tolerar que alguien tarde cincuenta minutos en responder un mensaje?
¿Cómo voy a aceptar que, además de mí, tenga un trabajo, estudie, entrene o quiera pasar tiempo con sus amigos?
¿Cómo voy a aceptar que pueda seguir con su vida cuando yo no estoy?
¿Cómo voy a naturalizar que, si yo no puedo verlo, igual encuentre otros planes? ¿O que, si no le respondo, tenga otras cosas para hacer?
Ya no soy el centro del universo de nadie.
Y, probablemente, no vuelva a serlo.
Tampoco sé si realmente quiero serlo.
Porque, siendo sincera, cuando lo fui tampoco era tan maravilloso.
Pero creo que, en algún lugar muy escondido de mí, sigo buscándolo.
Y ahí apareció una verdad incómoda.
Me volví adicta a la dependencia emocional.
Pero no a la mía.
A la del otro hacia mí.
A que alguien dependa de mi amor, de mi presencia, de mi cuerpo, de mi atención.
A sentir que soy imprescindible.
Y, aunque sé que eso es imposible —e incluso poco sano—, sigo persiguiendo esa sensación.
Lo más contradictorio es que ya ni siquiera dejo que me conozcan de verdad.
Ante el menor miedo, huyo.
Me alejo antes de que el otro pueda hacerlo.
Levanto una máscara de chica copada, graciosa, relajada... una versión de mí que ni siquiera existe.
Porque, si soy completamente honesta, ni yo sé quién soy del todo.
Ni yo sé exactamente qué quiero.
Ni siquiera conmigo puedo mostrarme completamente abierta.
Entonces...
¿Cómo pretendo que alguien se enamore profundamente de alguien que nunca termina de conocer?
Y, aun así, hay algo que sigue haciéndome ruido.
¿Cómo se construyen vínculos tan tibios?
¿Cómo alcanza con relaciones tan superficiales?
¿Cómo podés elegir compartir tu vida con alguien que no se muera de ganas de verte?
Que no se emocione cuando llegás.
Que no encuentre un refugio en vos.
Que no sienta que, por un rato, el mundo pesa un poco menos cuando están juntos.
Quizás mi amiga tiene razón.
Quizás yo también busco un poco de eso.
Porque amo así.
Intensamente.
Inmensamente.
Me gusta que el otro se sienta amado.
Que sepa que tiene un lugar en mi vida y en mi corazón.
Y, curiosamente, eso es lo que casi todos terminan diciéndome cuando se van.
Que nadie los amó como yo.
Que conmigo se sintieron más especiales de lo que se habían sentido nunca.
Y entonces aparece la pregunta que todavía no sé responder.
¿Será que todos buscamos exactamente lo mismo?
¿Será que, al final, todos estamos intentando encontrar a alguien que nos ame de la misma manera en la que nosotros sabemos amar?