Emily Dayana

Antes

Antes del hoyo,

yo era un hueco con forma de niña.

 

La carne ya estaba podrida.

Solo que nadie olió.

 

A los diez:

el techo.

Mudo.

Yo esperaba que me tragara.

No lo hizo.

Esa fue la primera traición.

 

El colegio:

lápices nuevos,

sonrisas prestadas.

Adentro, la carne ya se ablandaba.

No eran gusanos.

Era yo.

Deshaciéndome en silencio.

 

A los doce:

el espejo me escupió un rostro.

No era mío.

Era una máscara de pus y hueso.

Abrí el pastillero.

Lo toqué.

Sentí paz.

Pero la paz era un hueco más grande.

Cerré.

Aprendí que el dolor guardado

huele a moho.

 

El hoyo no me encontró.

Yo lo parí.

Con cada \"estoy bien\" que era pus.

Con cada sonrisa que era carne muerta.

Con cada noche que elegí ser niebla

en vez de ser yo.

 

La niebla llegó tibia.

Primero los pies.

Podridos.

Luego el vientre.

Abierto.

Luego el pecho.

Lleno de moscas.

Cuando quise correr,

ya era niebla.

Y la niebla no corre.

La niebla se pudre.

 

\"Échale ganas\", dijeron.

Como si las ganas

pudieran coser esta carne abierta.

 

\"Ayúdate\", dijeron.

Ayudarme sería fácil

si supiera quién soy.

Pero el hueco no tiene nombre.

El hueco solo tiene hambre.

 

Siempre estuve aquí.

Solo que antes el hoyo era mi cuerpo.

Y yo no sabía

que ya era su gusano.