No quería desaparecer,
solo silenciar la tormenta
que nadie veía rugir dentro de mí.
Quería dormir
para no volver a despertar,
porque ya no aguantaba
el peso de este dolor.
Intenté dejarlo,
intenté detener aquello que me hería,
pero el dolor era tan inmenso
que no sabía cómo soltarlo.
Era imposible explicarlo.
Cuando me pedían palabras,
mi mente quedaba en blanco.
Solo escuchaba la misma pregunta:
“¿Por qué lo haces?”
Y no sabía responder,
porque ni yo entendía el motivo.
Cuando mi madre lo supo, lloró.
Lloró pidiéndome perdón
por un dolor que no era suyo.
Le prometí que no volvería,
pero el tiempo pasó
y regresé a ese agujero negro
del que cuesta salir.
No sabía ponerle nombre a lo que sentía.
No me atrevía a llamarlo depresión,
por miedo a exagerar,
por miedo a herir a quienes lo padecen.
Así que hice lo único que pude:
escribir.
No poemas bonitos,
sino verdades.
Escribía lo que dolía
cuando hablar no era opción.
Y aun así, muchos no entienden.
No es locura,
no es llamar la atención.
Es no saber cómo sostener las emociones,
es castigarse por culpas que no existen.
No lo superé.
Pero sigo aquí.