Se trizó la pantalla de mi celular.
Quizás ya no deba escribir,
aunque aún distinga cada letra
como quien reconoce una estrella
entre un cielo roto.
Cada palabra que te dedico
hace que un diminuto cristal
se incruste en mis dedos,
y la pantalla se tiña
de un rojo obstinado.
Pero soy terco.
Sigo escribiéndote,
guardando cada verso en mis notas,
como si el dolor también pudiera archivarse.
Sé que cada llaga llevará tu nombre,
que arderá por haber pronunciado tu ausencia;
pero también sé
que las heridas escritas
terminan por cicatrizar.
Porque hay amores
que primero nos hacen sangrar las manos
antes de enseñarnos
a soltarlos.