CIELO DE FUEGO, PATRIA DE HUELLA
I
El cielo ha olvidado su oficio de lluvia;
ahora manda fuego.
En la grieta del muro, donde antes dormía la infancia,
el polvo conserva la forma exacta de un abrazo
que no tuvo tiempo de cicatrizar.
II
La memoria aprende a respirar bajo el vestigio.
No hay llanto:
el estallido de bombas impone un idioma hermético
donde la alarma corta el aire y mutila el silencio,
convirtiendo el pulso en un metal inquieto.
III
Los ojos ya no guardan la luz,
guardan el peso de la ruina.
Un espejo ciego donde la mirada se disuelve,
incapaz de descifrar la anatomía
de una patria convertida en huella.
IV
El arrullo se vuelve una costura rota en la garganta.
La madre no nombra al hijo:
mide su peso con el asombro de sus brazos,
pretendiendo salvar de la intemperie
un aliento que ya pertenece al viento.
V
El tiempo ha perdido sus horas bajo el asedio;
se ha vuelto una piedra suspendida
sobre el abismo de las preguntas sin respuesta.
Aquí, donde la esperanza era un surco fértil,
hoy solo germina la vigilia.
VI
Queda la tierra, desnuda de cantos,
sosteniendo el dolor insomne de los inocentes:
una grieta encendida que la historia no sabrá cerrar,
mientras la vida, en su terco sigilo,
insiste en nombrar la luz desde la sombra.
EPÍLOGO
Al final, la guerra no deja héroes ni victorias:
solo escombros humeantes,
polvo de piedra sobre vidas rotas
y el silencio brutal de lo que no podrá ser nombrado.