Alberto Escobar

K

 

K no estaba contento, su labor oficinesca tan diferente a su verdadera vocación, su eficiencia escrupulosa como director del departamento de riesgos de una compañía de seguros, la PilsenCop de Praga, su necesidad de emolumento para sustentar la pequeña habitación que ocupaba cerca... Todo ello, en un tótum revolútum, le corroía a diario por dentro como si una tenia poderosísima hubiera hecho ya presa. 
K no tenía tiempo para dedicar a lo que tanto amaba, a eso que le hacía trasladarse a un mundo más allá de este mundo, donde el tiempo no se medía por segundos sino por punzadas de placer, donde podía ahogarse en cualquier quimera que inventase sin riesgo alguno de resultar ahogado, sin...
Pero el dinero lo ataba a su escaso pupitre y su mesa de trabajo, antigua, desvencijada ya de tanto sentarse, no era posible el abandono, todavía, algún día, pensaba, y dedicarse sin mesura, sin restricciones ni trabas a eso que lo enamoraba.
K conoció a alguien, Felice, a quien un día, por azar, encontró en casa de una amiga de su hermana Ottla, y no la describió a Max como una mujer que le dejara huella, no, sino todo lo contrario, como alguien de provincias, y su desenvoltura le resultaba a la vez simpática y chocante —la imaginaba rodeada de cacharros descolocados, de animales a los que alimentar...—
No obstante consiguió sus señas, no por ella porque el contacto que tuvieron fue casual, correcto, no más allá de lo educado —creo que fue Ottla quien se las proporcionó— y de ahí se generó un canal terapéutico que casi desemboca en boda, de lo cual abominaba porque temía que las distracciones del día a día le restara tiempo que dedicar a lo que más, más que a Felice, amaba.