Soy un llanero solitario
en los valles de la tristeza,
llamando a mi yo pasado
para que regrese con esa calma perpetua.
¿Por qué perpetuar en el alma
la banalidad de esas palabras
que, dichas a la ligera,
consternaron mi mente y savia?
Proyecté emociones lejanas
que intuía que se acercaban.
Qué errónea está esa percepción;
quizás pasa por escuchar al corazón
y no a mis sentidos.
¿Qué sentido tiene?
¿Por qué esas palabras llueven,
diluvian?
No hay simulacro posible
que evite el fuego.
El amor, a veces, es como el juego:
azaroso.
Uno puede ganar, perder, intentar
y, otra vez, perder.