La luna estaba llena y yo estaba tranquila en casa.
Me iba a fumar unas secas más y me iba a dormir, había sido un día largo.
Cuando me doy cuenta que alguien está parada al lado mío.
Por alguna razón soy yo, en frente.
Me miró de manera serena y tranquila.
- ¿No tienes miedo? -
- ¿Me debería temer?
- Deberías temer. -
- Te invito a irte de mi casa. -
- Tú me invocaste. -
- No. En mi hogar no existe el mal, solo Dios reina en mi hogar y en mi corazón. -
- ¿Es así como adoras a tu Dios?
Sí, tú, hija mía, eres mi viva imagen. -
- No soy hija tuya. Solo soy una oveja perdida de mi rebaño, pero aún así soy una oveja mañera pero leal a mi pastor. Aunque elija el peor camino, sé cómo volver a mi hogar y a mi creador.
No soy perfecta, pero tampoco me ahogo con mis defectos. Solo los acepto y trato de cambiar. -
- Eres patética. -
- Pero al menos soy dueña de mí. Y te ordeno que desaparezcas.
Solo desapareció. Volví a mi paz interior y a mi seca, obvio.
Aunque no me justifico. Tampoco me escondo.